Muchas veces escucho a amigas, compañeras y diferentes mujeres decir frases como: "Me metí en esa relación porque no me amaba", "No me valoraba", "Tenía dependencia emocional". Son frases que suenan a una conclusión lógica, pero que en el fondo llevan una carga de juicio sutil hacia uno mismo. Como si el haber estado en una relación difícil fuera una prueba de falta de amor propio, cuando en realidad la historia es mucho más profunda.
Los seres humanos estamos diseñados para vincularnos. Es parte de nuestra biología. Desde que nacemos, necesitamos la cercanía de otros para sobrevivir y desarrollarnos. No es solo una necesidad emocional, es fisiológica. Nuestros sistemas nerviosos están en constante búsqueda de regulación, y lo hacen a través de las relaciones. Así como los bebés buscan a su madre para sentir seguridad, nosotros también necesitamos de la conexión para sentirnos en equilibrio.
Cuando en la infancia no hemos experimentado una corregulación adecuada, cuando no hemos recibido suficiente seguridad emocional, nuestro sistema nervioso se adapta como puede. Se calibra en función de lo que ha vivido, si el amor estuvo marcado por la inconsistencia, la frialdad o la ansiedad, nuestro cuerpo aprenderá que eso es lo familiar, y como el sistema nervioso busca lo conocido, terminamos recreando esos patrones en nuestras relaciones adultas, aunque no sean saludables.
Esto no sucede porque "no nos amamos" o porque "no nos valoramos". Sucede porque nuestro sistema ha sido moldeado por experiencias tempranas que determinaron qué sensaciones se sienten como "conocidas" y eso nos da "seguridad", aunque en realidad no siempre lo conocido sea bueno o sano para el cuerpo.
Nuestro cerebro, nuestras conexiones neuronales, nuestra bioquímica, han aprendido a reaccionar de ciertas maneras. No es un tema de voluntad, sino de programación fisiológica.
El sistema nervioso autónomo, compuesto por el sistema simpático (que activa el estrés y la respuesta de lucha o huida), el sistema parasimpático ventral(que nos lleva a la calma y la conexión) y el sistema parasimpático dorsal (que nos colapsa), se ajusta en la infancia según nuestras experiencias. Si crecimos en un ambiente impredecible o en el que el amor se sentía inestable, nuestro sistema puede haberse quedado atrapado en estados de hiperalerta o de ansiedad. Por eso, muchas veces, sin darnos cuenta, buscamos vínculos que reflejen lo que conocemos, incluso si nos generan sufrimiento.
Tu sistema nervioso busca lo conocido, incluso cuando no es sano. Paradójicamente, lo que es realmente sano, al no ser familiar para tu sistema nervioso, puede activar las alarmas de tu cuerpo (como ocurre con un vínculo seguro). Esto sucede porque el sistema nervioso se calibra en función de experiencias previas, priorizando la familiaridad sobre la seguridad, aunque lo conocido no siempre sea lo mejor para ti.
Cambiar esto no es una cuestión mental de simplemente "amarse más". Es un proceso que implica reconfigurar nuestra respuesta biológica al vínculo. Requiere nuevas experiencias de seguridad, nuevas maneras de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos. Se trata de permitirnos sentir la conexión sana con otros, de una manera diferente, poco a poco, sin forzarnos ni juzgarnos por lo que hemos vivido.
Entonces, amiga, amigo… no es que no te amabas. No es que te faltara valor o fuerza de voluntad. Lo que ocurrió es que tu sistema nervioso eligió lo que conocía. Buscó seguridad en lo familiar, aunque no fuera saludable.
Y eso no significa que estés roto o que algo esté mal contigo. Significa que tu cuerpo y tu mente hicieron lo mejor que pudieron con lo que aprendieron en su momento.
Ahora, con más comprensión, puedes comenzar a elegir diferente. No desde el juicio, sino desde la compasión. Puedes decirte a ti mismo/a:
"No fue falta de amor propio. Fue mi sistema nervioso funcionando como aprendió. Y ahora, con nuevas experiencias de seguridad, estoy aprendiendo a relacionarme de otra manera."
El cambio no es instantáneo, pero es posible. Con cada pequeña experiencia de conexión segura, con cada acto de autocuidado y con cada elección más alineada contigo, estás moldeando nuevas vías en tu cerebro. Estás creando un espacio donde el amor, la seguridad y el bienestar se vuelvan tu nueva familiaridad.
Así que, si alguna vez miras atrás y sientes culpa o vergüenza, recuerda esto: tu historia no es un reflejo de cuánto vales, sino de lo que tu sistema aprendió en su momento. Y siempre puedes aprender algo nuevo.
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