Nuestra historia como seres humanos es fascinante. Desde antes de nacer, nuestros cerebros ya están tomando forma y absorbiendo el mundo que nos rodea. Pero no solo somos moldeados por nuestros genes, sino también por el estrés y las emociones de nuestros padres, y ellos a su vez están moldeados por la cultura y las generaciones anteriores.
Desde la vida uterina, el estrés de una madre embarazada puede tener un impacto profundo en su futuro hijo, lo que puede dejar una marca en el sistema de respuesta al estrés del bebé, que durará toda la vida. Entonces, ¿Cómo es que llegamos a ser quienes somos?
La respuesta es compleja. Nuestro desarrollo es un cóctel de genes, ambiente, experiencias y cultura. Y en este batido, la cultura juega un papel importante.
Es fundamental que la sociedad y sus políticas, brinden apoyo a la salud física y emocional de las mujeres embarazadas, pero si vemos a nuestro alrededor: ¿Cuántas mujeres piensan en su bienestar emocional durante el embarazo? ¿Cuántos médicos preguntan sobre esto? ¿Cuántos esposos entienden que su rol también cambia durante el embarazo?.
Las futuras mamás a menudo enfrentan una gran cantidad de estrés: trabajos mal remunerados, responsabilidades familiares, problemas económicos. Este estrés, incluso el del padre, puede transmitirse a la madre y, en última instancia, afectar al bebé que está en camino.
El estrés de una madre durante el embarazo puede afectar la segregación de neurotransmisores, como la serotonina y la dopamina, que son fundamentales para el control de impulsos, el estado de ánimo y la motivación. Entonces, la salud mental no es solo un asunto de la madre, es un asunto de todos.
Es esencial entender que el bienestar del bebé y el niño depende no sólo de los padres. La comunidad en su conjunto desempeña un papel importante en criar a un niño. Se necesita un pueblo para criar a un bebé, como dice el proverbio africano.
En la actualidad, la industrialización y el individualismo han reemplazado los lazos comunitarios y la ayuda mutua. Atrás quedaron los días de la crianza colectiva y el apoyo social, en cambio han aumentado las exigencias laborales, la competitividad, y las distracciones superficiales.
En este contexto, los niños cableados fisiológicamente para buscar conexiones de seguridad y apego, para desarrollarse adecuadamente, se apegan a la primera persona que tienen cerca, tal como un pato cuando recién eclosiona del huevo, al estar ausente su mamá.
Esta es la razón por lo que los niños a menudo buscan llenar ese vacío de apego con sus compañeros, pero estos al ser también inmaduros, no tienen la capacidad de brindar aceptación incondicional, lo que puede llevar a que los niños supriman sus emociones, su verdadera individualidad.
Por otro lado, este vacío emocional es aprovechado por las grandes corporaciones, que bombardean a los niños con videojuegos, experiencias sobreestimuladoras, juguetes fabricados en cadena, programas de televisión superficiales y la compulsión al consumismo como una falsa promesa de llenar ese vacío.
La exposición excesiva a pantallas, disminuye concentración y su capacidad de interactuar cara a cara, lo que afecta no solo su aprendizaje, sino también su socialización, creatividad y habilidades de resolución de problemas.
El ser humano joven está diseñado para la empatía y a estrechar lazos beneficiosos con los demás, por lo que el juego libre es fundamental para el desarrollo cerebral y emocional de los niños. Sin embargo, la cultura actual, centrada en la competencia y la tecnología, a menudo limita el tiempo que los niños pasan jugando y socializando cara a cara.
Esta competitividad, también es propiciada desde la educación, donde los elogios a las notas, a las recompensas y los castigos impuestos a los niños, destrozan su motivación intrínseca y merman su seguridad emocional. Los elogios motivan a los niños, pero una cosa es elogiar el esfuerzo, lo cual es útil y provee la autoestima, y otra es valorar el logro, lo que programa a un niños a seguir buscando la aprobación externa, no por lo que es sino por lo que hace, por lo que los demás exigen de ellos, perpetuando en el tiempo la sensación de vacío.
El estrés, la falta de apoyo emocional, el consumismo y la presión por competir en la sociedad moderna pueden causar una gran desestabilización. Todos estamos contribuyendo a la creación de la próxima generación: la salud mental de las madres, el apoyo de la comunidad, el papel de los adultos en la vida de los niños y la importancia de jugar libremente son elementos esenciales en la formación de cerebros felices y saludables. La pregunta es si estamos haciendo lo suficiente como sociedad para garantizar un futuro emocionalmente sólido para nuestros niños.

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