En la política actual, se percibe a los políticos como personas difíciles y, a menudo, trastornadas, lo que crea una atmósfera tóxica. La salud física de la población se ha visto perjudicada por la exposición a la política y son más aún los que informan que la política ha resultado en precios emocionales y pérdidas de amistades.
Es esencial ajustar los hábitos de consumo de noticias para evitar la ansiedad y la polarización. Escuchar a personas con opiniones diferentes y practicar la atención plena son prácticas recomendadas.
Los políticos dictan políticas, las políticas crean o cimentan las condiciones culturales que sabemos que son la antítesis de nuestra salud. Las enfermedades sociales, como la adicción y la catástrofe mundial, como el cambio climático, indican que algo marcha mal en el cuerpo político.
Es asombrosa la resonancia emocional de las palabras y acciones de los elocuentes oradores, cuando tratamos de abordar el contenido de su discurso o sus creencias sin prestar atención al combustible energético, perdemos el objetivo.
Si queremos entender por qué las personas y grupos sostienen sus creencias y se comportan como lo hacen, debemos estar dispuestos a ver las cicatrices traumáticas subyacentes a las reacciones emocionales extrema. Esto puede ser difícil cuando nosotros mismos tenemos sólidos puntos de vista sobre nuestra bondad y su maldad, lo que nos da un motivo más para hacer el esfuerzo.
Se ha demostrado que la experiencia traumática de la infancia influye muy directamente en las orientaciones políticas de la edad.
Cuanto más estricta era la crianza de los niños , más propensos se volvían de mayores apoyar políticas autoritarias o agresiva, como guerras en el extranjero, leyes punitivas la pena de muerte, uso de fuerza militar, sobre todo si nunca habían recibido psicoterapia.
El intenso sufrimiento de la opresión que habían sufrido en la infancia los líderes fascistas nazis alemanes, en especial los psicópatas monstruosos como Adolfo Hitler y Hermann Goering, desempeñaron un papel decisivo en la formación de sus vías mentales y emocionales, innegablemente, su inclinaciones política.
En un análisis publicado en el 2016 en investigación y ciencia se señalaba que la psicopatía se encuentran habitualmente en los principales espacios políticos. Una de las características era la insensibilidad.
Para la mirada externa, muchas características, son admirables como la ambición, el aplomo implacable, persistencia y capacidad de liderazgo, pero poco se preguntan ¿Y dónde surge esa ambición y esa tenacidad implacables? Y ¿a qué precio?¿De verdad deberíamos admirarlos?
Existe una gran facilidad con que normalizamos y exaltamos la personalidad “ganadora” de nuestros líderes.
La represión es el mensaje que recibe un niño pequeño en circunstancias dónde recibe golpes o gritos en vez de consuelo, se golpea su sensibilidad generando represión y generación de trauma.
Crecen con una visión de la vida desconfiada, severa, combativa y de suma cero: la idea de que triunfar en este mundo es una lucha encarnizada y que, dada la naturaleza egoísta de los demás, la vulnerabilidad es peligrosa. Esa sensación de peligro, comienza mucho antes de las incursiones en la vida política, se forja en el sufrimiento de la infancia.
Si leemos biografía de líderes de diversos países a lo largo de los periódicos históricos, nos daremos cuenta de que cada uno de ellos, a su manera, tuvo una infancia emocionalmente hambrienta, cada uno” superó” estas adversidades a fuerza de los rasgos de personalidad que los colocarían en los libros de historia como iconos y agentes del cambio, al margen de los grandes daños que perpetrarán. En todos los casos, muchas personas vieron y siguen viendo estas características como loables y dignas de emular. Es lo más «normal del mundo».
La cultura política juega con nuestros deseos más arraigados de seguridad, incluso supremacía, apuntando a nuestros dañados niños interiores con fuerza y precisión. De hecho, gran parte de la política es mucho más coherente si vemos cómo millones de personas vuelven la vista inconscientemente a sus líderes para satisfacer sus necesidades infantiles insatisfecha. Todos pensamos con una gran metáfora inconsciente: la nación como familia.
Qué lleva a la gente a seguir a líderes que resuman hostilidad y autoritarismo, a la gente, en realidad, le puede emocionar que un personaje público exprese agresividad o asertividad, lo contrario a la impotencia. Estos rasgos pueden parecer empoderados para quienes carecen de un sentido de poder real. Es como un niño que quiere estar con un padre o madre que lo proteja, tiene la sensación de voy a estar a salvo y todo va a salir bien. También se describe la memoria sensorial, una huella indeleble y generalmente inexplorada de la infancia, un anhelo almacenado en el cuerpo mente y activado por las inseguridades actuales, proyectado en el ámbito político.
Por el lado menos conservador, idealizar a los líderes como amables, comprensivos, afectuosos, e inclusivos puede ser otra forma de desplazamiento del deseo en una crianza armonizada. Las personas que se dejan llevar por estas idealizaciones infantiles, aunque sea en broma, tienden a no prestar atención a las contrapruebas que no les encaja.
Superponiéndose cada vez más a ella tenemos la amplia gama de entretenimiento deportes profesionales, moda pasajera y obsesiones que llamamos cultura popular.
Una función social de la cultura pop es desviar la atención de las cosas que importan realmente, imaginen que toda la energía que ahora se dedica a analizar la vida privada de los famosos o las detalladas complejidades de los acontecimientos deportivos se destinará a movilizar a la población a abordar colectivamente los grandes problemas de nuestra época.
Muchos pueden lamentar esta tendencia como una degradación de la vida política, pero no es tan evidente la forma en que la cultura pop nos prepara para un tipo determinado de compromiso pasivo, similar al de un espectador , con la política.
El culto al héroe y búsqueda de protección emocional impulsa el mundo del espectáculo moderno, y este se alimenta con un súper combustible destilado en gran parte a partir del trauma. ¿Y qué consumimos exactamente?, arte a veces, diversión inofensiva, con bastante frecuencia. Pero también ingerimos el dolor de personas heridas, presentado como entretenimiento, para adormecer o quizá para validar nuestra propia angustia. Veneramos a las personalidades que enmascaran el sufrimiento patológico y después nos sorprendemos cuando las cosas se desmadran.
Por su parte, muchos famosos buscan la fama precisamente porque el amor de los admiradores es lo que más nos acerca a llenar un vacío crónico de autoestima. Muchas veces pese a su habilidad extraordinaria y gran carisma que los hace llegar al estrellato, carga la desesperada huella del trauma, su talento se idolatra y explota, sus heridas pasan por un alto incluso cuando se representan en el escenario público.
Gracias a la evolución muchos artistas se han abierto recientemente sobre sus traumas y el impacto que tuvo en sus vidas y profesiones, una cultura basada en creencias erróneas sobre quiénes y qué somos crea condiciones que frustran nuestras necesidades básicas, generando una población dolorida, desconectada de sí misma, de los demás y del significado.
En conclusión, nuestra política está en vida de trauma, desde las raíces hasta los frutos. Muchos de nosotros tanto como podamos tendremos que hacer lo que muchos de nuestros líderes no pueden hacer constitucionalmente, mirar hacia el interior con valentía, lo mejor para mirar hacia el exterior y a nuestro alrededor con sinceridad.
Este texto esta inspirado por el libro de Gabor Maté, el mito de la normalidad, trauma, enfermedad y sanación en una cultura tóxica (2023).

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