La sabiduría ancestral nos transmitió la idea de que existimos en una profunda relación con nuestro entorno, y que tanto lo que nos rodea nos afecta como nosotros influyendo en todo. Sin embargo, en la medicina moderna, a menudo se pasa por alto este enfoque holístico, centrándose más en estudiar a la persona como un objetivo aislado. Este fallo ha llevado a la necesidad de considerar a la persona en su totalidad, reconociendo su naturaleza psicológica y social.
Bessel Van der Kolk nos recuerda que, en realidad, apenas existimos como organismos individuales, ya que nuestras mentes y cuerpos están intrincadamente conectados. Nuestra biología se ve moldeada no solo por factores internos, sino por nuestro entorno mental, emocional, social y natural. El enfoque médico tradicional en el individuo aísla un aspecto vital: la influencia significativa de nuestros entornos y relaciones en nuestra salud.
El concepto de "neurobiología interpersonal" de Daniel Siegel resalta cómo nuestras interacciones con los demás afectan profundamente nuestra fisiología.
Descubrimientos en genética, como los de la Dra. Elizabeth Blackburn, demuestran cómo las circunstancias sociales, como la pobreza y el racismo, pueden influir directamente en nuestro funcionamiento genético y molecular. Nuestra salud es el resultado de una red compleja de factores sociales, económicos y culturales.
La interseccionalidad, herramienta desarrollada por Kimberle Crenshew, nos dice que cada persona pertenece a más de un grupo al mismo tiempo y puede enfrentar diferentes tipos de discriminación o privilegios simultáneamente. Esto nos ayuda a entender de manera completa cómo funciona la injusticia y la desigualdad en la sociedad. Las experiencias de las personas están influenciadas por todas las partes de su identidad, y estas experiencias pueden variar dependiendo de cómo se entrelacen estas identidades.
Por ejemplo, alguien puede enfrentar discriminación por ser mayor, mujer, pertenecer a una etnia indígena, tener una discapacidad o vivir en la pobreza, y todas estas formas de desigualdad pueden ocurrir al mismo tiempo en la vida de una persona.
Otro ejemplo, son los impactos en la salud de ser mujer en un sistema patriarcal, de una persona indígena o de color en un clima racializado; ser pobre en una cultura que sobrevalora a las personas con riqueza o de vivir como homosexual en una sociedad donde la homofobia sigue siendo endémica.
El concepto de raza surge de la imaginación distorsionada de racista. Aunque los impactos del racismo son reales. La raza no existe en términos fisiológicos o genéticos. Las diferencias superficiales en el color de la piel, la morfología corporal o los rasgos faciales no constituyen razas.
Históricamente, la idea de raza surgió del impulso del capitalismo europeo de enriquecerse subyugando, esclavizando y, en caso necesario, destruyendo a los pueblos indígenas de otros continentes. Psicológicamente, a nivel individual la otredad que conlleva el racismo es un antídoto contra el auto cuestionamiento; si no me siento bien conmigo, al menos puedo sentirme superior a otro y obtener una sensación de poder y posición al aducir privilegios sobre ellos, de esta manera aplacar su propia ansiedad.
El racismo emerge como un factor de riesgo para la salud, afectando a las personas en formas insidiosas. La discriminación racial se ha relacionado con problemas de salud en comunidades indígenas o afroamericanas y, en última instancia, plantea la pregunta de si esto es una patología individual o una manifestación de una enfermedad social más amplia.
La discriminación basada en la identidad étnica puede causar vergüenza y tener consecuencias tanto fisiológicas como psicológicas.
Si bien el estrés psicológico es una realidad para todos, sus efectos no se distribuyen equitativamente. La tensión resultante de los desequilibrios de poder afecta de manera más severa a quienes están en desventaja política y económica.
Somos propensos a tener puntos ciegos en torno a las cargas hoy que llevan las personas de otros orígenes, a las vicisitudes que se ven obligadas a soportar. Es demasiado fácil para los privilegiados asumir que caminamos por las mismas calles que todos los demás.
El racismo, a pesar de su falta de fundamento genético, tiene impactos muy reales en la salud, como se ve en la disparidad en la incidencia de enfermedades entre diferentes grupos étnicos. Además, la opresión sistémica puede causar trauma social, afectando a generaciones enteras.
El estrés crónico, relacionado con la pobreza, la discriminación y la desigualdad, puede llevar a la activación de genes que promueven la inflamación, el envejecimiento prematuro y una serie de trastornos físicos y mentales. La brecha de salud entre los estratos sociales es evidente, y la posición relativa en la sociedad afecta la salud en todos los niveles.
Los entornos estresantes, como la pobreza, influyen en el desarrollo del cerebro y la salud de los niños, lo que puede tener efectos a lo largo de toda la vida. El trauma social es una realidad que afecta a muchas personas y es necesario abordar desde el campo de la política y de la medicina.
La salud es el resultado de una red compleja de factores sociales, económicos y culturales que influyen en nuestra biología y bienestar. Es esencial que los organismos de salud, y estado reconozcan la importancia de estos determinantes sociales y consideren cómo afectan a la salud de las personas. La desigualdad, la pobreza y el racismo son factores que tienen un impacto significativo en la salud de las comunidades, y debemos abordarlos de manera integral y equitativa.
En sociedades dominantes por principios materialistas, la posición relativa en la escala social es un proyector de salud en todos los estratos. La relación entre la posición social y la salud se conoce como gradiente social, una pendiente que atraviesa todos los segmentos de la sociedad. Es fácil ver por qué, la posición social determina el mayor o menor grado de control sobre la propia vida, y ya sabemos que esa ausencia es un desencadenante de estrés y enfermedades fisiológicas.
Más bajo este un funcionario en la jerarquía, mayor serán los riesgos de enfermarse, y eso incluso en personas de clase media, con relativa seguridad económica y empleos respetables. Aunque es más fácil depurar edificios contaminados que cambiar las estructuras sociales.
En medio de una cultura basada en valores de competencia y materialismo, nos encontramos también con las formas de pensamiento con las que cada persona es inducida a verse a sí mismo. Cuando las personas se juzgan o las juzgan otras en función de sus logros financieros, estar más abajo en la pirámide, incluso si su posición es relativamente estable, constituyen una fuente de estrés que socava el bienestar. La salud disminuye especialmente cuando sólo pensamos en lo que no tenemos.
A pesar los constructos sociales y la presión por cumplir los estándares económicos, existe esperanza en nuestra capacidad de comprender nuestra interdependencia con el entorno, así como en nuestra habilidad para fomentar la empatía y la compasión. Al ser conscientes de nuestros privilegios y desventajas, podemos trabajar juntos para abordar sabiamente las injusticias y construir un mundo donde cada individuo, sin importar su origen, tenga la oportunidad de prosperar, aprendamos así a tener un enfoque más integral para un futuro en el que la salud, la justicia y la solidaridad sean los cimientos de la sociedad.
Aprender a aceptar que vivimos en una sociedad con estas características, es clave para nuestro bienestar, pero la aceptación, no tiene nada que ver con la complacencia ni con la resignación, más bien es el reconocimiento de que en determinado momento las cosas no pueden ser de otra manera, sin rechazarlas ni justificarlas, en lugar de resistirnos a la verdad, o de fantasear para vivir de ella, nos esforzamos por, simplemente, vivir con ello.
Esto no significa, tolerar lo intolerable, cómo el maltrato, ya que eso equivale a rechazar partes cruciales de ti mismo como las necesidades y valores que merecen una integridad que se debe salvaguardar.
Lo mismo se aplica en la injusticia o la opresión a nivel social, aceptar lo que sea que suceda actualmente, simplemente no equivale a aceptar que debería suceder. Para lidiar con el racismo, la pobreza o cualquier otra enfermedad de esta sociedad debemos reconocer que son realidades de la vida en esta cultura. Existen y debemos reconocer el dolor y la pena que nos provoca su existencia. A continuación, podemos preguntarnos cómo podríamos contribuir eficazmente a erradicar no sólo sus expresiones, sino también sus causas. Podemos pasar a la ira saludable, conectando con nuestros sentimientos auténticos, y a la autonomía en acción.
(texto esta inspirado por el libro de Gabor Maté, el mito de la normalidad, trauma, enfermedad y sanación en una cultura tóxica, 2023).
Puedes hacer este ejercicio de observar tus privilegios y desventajas, para ser compasivo con tus desafíos, y a la vez de empezar a ser más empático con las personas que no tienen los mismos privilegios.
1.- Revisa el gráfico y cada ámbito
2.- Identifica en los círculos tu historia personal en cada aspecto
3.- Escribe tus aprendizajes a partir de esta toma de consciencia
Para apoyar a comunidades en situaciones desafiantes, es crucial reconocer las dinámicas económicas y sociales que las afectan y colaborar con organizaciones especializadas. Contribuir económicamente es valioso, pero debemos evitar el paternalismo y el "racismo blando", donde, a pesar de buenas intenciones, se pueden reforzar privilegios y sesgos. En su lugar, debemos escuchar y aprender de las personas en las comunidades afectadas, respetando su autonomía y permitiéndoles participar activamente en la toma de decisiones.
Los proyectos de ayuda deben basarse en principios de solidaridad y respeto mutuo, reconociendo la historia colonial y el racismo sistémico que afecta a muchas sociedades. Evitar estereotipos y prejuicios culturales es esencial para lograr una cooperación igualitaria y respetuosa entre culturas y comunidades. El enfoque debe ser el impacto real y la construcción de un mundo más justo y equitativo para todos, evitando banalizar las luchas de las personas y centrándonos en impulsar cambios sociales a largo plazo.

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