El trauma es un concepto que a menudo asociamos a sucesos catastróficos como desastres naturales, abuso o guerra. Sin embargo, esto nos lleva a un error común: pensar que la mayoría de las personas no están afectadas por el trauma, cuando en realidad, está arraigado en nuestra cultura de muchas formas. Casi todos llevamos marcas de trauma en nosotros, algunas más evidentes que otras.
El trauma se define como una herida interna, una ruptura en nuestro yo debido a sucesos difíciles o dolorosos. Es esencial entender que el trauma no es lo que nos pasa, sino lo que ocurre dentro de nosotros como resultado de esos sucesos. Esta herida psíquica perdura en nuestro sistema nervioso, mente y cuerpo mucho tiempo después del evento traumático y puede activarse en cualquier momento.
Un trauma no resuelto puede presentarse de dos maneras: como una herida abierta que nos hace estar alerta constantemente y limita nuestras acciones, o como una cicatriz que proporciona protección pero es dura y rígida. Ambas formas de trauma nos atan al pasado y pueden tener efectos duraderos en nuestra salud y bienestar.
Hay dos tipos de trauma: el trauma con "T" mayúscula, causado por eventos importantes como abuso infantil o enfermedades mentales graves, y el trauma con "t" minúscula, que resulta de experiencias menos memorables pero dolorosas de la niñez, como el bullying o la falta de conexión emocional con los cuidadores.
Ambos tipos de trauma comparten la pérdida de conexión consigo mismo, los demás y el mundo que nos rodea. Esto nos lleva a una visión distorsionada de nosotros mismos y del mundo, y nos impide vivir plenamente en el presente, al distraernos con actividades superficiales y estresantes. Además, el trauma afecta nuestra capacidad de elección y la flexibilidad de respuesta, lo que nos hace reaccionar de manera automática y predecible ante el estrés.
El trauma pueden incluso afectar a la actividad genética a lo largo de las generaciones, por lo que la culpa se convierte en un concepto sin sentido en el momento en que se entiende cómo el sufrimiento en un sistema familiar, o incluso en una comunidad, se extiende a generaciones anteriores.
Cuando vemos el trauma como algo que sucedió en nuestro interior, como heridas emocionales o desconexión, podemos sanar y reconectar. Negar o convertir el trauma en nuestra identidad nos impide crecer. Afrontar el trauma sin negarlo ni identificarnos demasiado con él nos abre la puerta a la salud y el equilibrio.
La toma de conciencia y la elección son poderosas. Cuando nos examinamos, dejamos de ser víctimas de las circunstancias y nos convertimos en protagonistas de nuestra vida. Hay esperanza en el proceso volver a la conexión con nuestra autenticidad.
Resumen del libro de Gabor Maté, el mito de la normalidad

Comentarios
Publicar un comentario