Seguramente has escuchado la famosa frase de René Descartes: "Pienso, luego existo". Durante siglos, esta idea reforzó la creencia de que la mente y el cuerpo son entidades separadas y que todo lo que somos se reduce a nuestra capacidad de pensar. Sin embargo, la neurociencia moderna ha demostrado que esta visión es incompleta.
Antonio Damasio, en su libro El error de Descartes, argumenta que la separación entre mente y cuerpo es, precisamente, un error. Su hipótesis del marcador somático muestra que las emociones y las señales corporales desempeñan un papel fundamental en la toma de decisiones. Cuando enfrentamos una elección difícil, no solo razonamos, sino que también sentimos. La tensión muscular, el nudo en el estómago o las mariposas en el pecho son señales que nuestro cuerpo envía para ayudarnos a navegar la vida. Lejos de ser un obstáculo, estas respuestas somáticas son esenciales para nuestra intuición y bienestar.
Sin embargo, cuando una persona ha experimentado trauma, este proceso puede verse alterado. Peter Levine, en cómo curar el trauma, señala que la percepción y la acción emergen antes que el pensamiento consciente. Es decir, sentimos antes de poder racionalizar.
En personas con trauma, el cuerpo se queda atrapado en respuestas automáticas pasadas no resueltas, y si el cuerpo percibe una situación parecida a lo que ocasionó el impacto inicial, no pasará por el filtro del pensamiento lógico, sino que responderá en forma de una respuesta automática para estar a salvo "del peligro" . Desde esta perspectiva, la famosa frase cartesiana se reformula en términos más biológicos: "Siento, luego actúo".
Aquí es donde la Teoría Polivagal, desarrollada por Stephen Porges, nos ayuda a comprender mejor este fenómeno. Nuestro sistema nervioso autónomo responde constantemente a señales de seguridad o amenaza sin necesidad de un proceso racional. Si el cuerpo percibe peligro, activa reflejos de lucha, huida, congelamiento o colapso. En esos momentos, la amígdala toma el control y el lóbulo prefrontal, encargado del pensamiento lógico, se desactiva parcial o totalmente. No es que el pensamiento desaparezca, sino que se vuelve irrelevante frente a la necesidad de sobrevivir, siendo este peligro percibido por la persona que lo experimenta como real.
Bessel van der Kolk, en El cuerpo lleva la cuenta, refuerza esta idea al explicar cómo las experiencias traumáticas, especialmente las preverbales, quedan almacenadas en la memoria corporal. Muchas veces reaccionamos ante situaciones actuales con una intensidad desproporcionada porque nuestro cuerpo las asocia con eventos pasados no resueltos. Desde la lógica, podríamos preguntarnos: ¿Por qué reaccioné así? Pero el trauma no se procesa con la razón; es una respuesta neurobiológica que solo puede resolverse desde el cuerpo.
Este conocimiento nos invita a replantear nuestra relación con la mente y el cuerpo. No es el pensamiento lo que nos define primero, sino la percepción y la sensación. La sanación y la regulación emocional no ocurren de arriba hacia abajo (top-down), sino de abajo hacia arriba (bottom-up), desde el cuerpo hacia la mente. Integrar nuestras experiencias no significa controlar el cuerpo con la razón, sino aprender a sentir, reconocer y transformar desde la sensación sentida.
Así, en lugar de "Pienso, luego existo", podríamos decir con mayor precisión: "Siento, luego actúo".
Por otro lado, esto no significa que no podamos influir en nuestras respuestas a través de la fuerza de voluntad. Existen prácticas que ayudan a fortalecer la conexión con el lóbulo prefrontal, como la respiración consciente, la meditación o la práctica de la atención plena (mindfulness). Estas herramientas pueden ayudarnos a recuperar la capacidad de detenernos, observar nuestras reacciones y elegir una respuesta más consciente. Sin embargo, la posibilidad de conectar con esta parte racional del cerebro no es igual para todos, porque nuestra capacidad de autorregulación no surge solo de la voluntad, sino también de cómo fue modelada en nuestra infancia.
Desde la neurociencia, se sabe que el sistema de regulación del estrés , la conexión entre el hipotálamo, la hipófisis y las glándulas suprarrenales, se desarrolla en los primeros años de vida, pero no de manera autónoma. Los bebés y niños pequeños no tienen la capacidad de regularse por sí mismos, sino que dependen de la presencia de un adulto que los ayude a calmarse, a través de la voz, la mirada, el contacto físico o la presencia amorosa. Este proceso de corregulación es fundamental para que el sistema nervioso aprenda poco a poco a autorregularse. Pero si ese acompañamiento no estuvo disponible o fue inconsistente, el cerebro y el cuerpo pueden crecer con una base frágil para gestionar el estrés, dejando al adulto atrapado en respuestas automáticas que se activan sin pasar por la conciencia.
Comprender esto es clave para romper con la narrativa de la culpa que muchas veces nos impone la sociedad, que sostiene que con solo pensar positivo o ponerle voluntad podemos cambiar nuestras reacciones. Para algunas personas, sobre todo aquellas que han vivido trauma vincular o trauma complejo, regularse a través de la mente puede ser mucho más difícil porque su sistema nervioso ha quedado atrapado en patrones automáticos de supervivencia. No es una cuestión de falta de voluntad, sino de una red neuronal que aún no ha aprendido a sentirse segura.
La buena noticia es que esta capacidad se puede reconstruir, pero el camino no es solo desde la mente hacia el cuerpo (top-down), sino también desde el cuerpo hacia la mente (bottom-up). La práctica somática, la presencia compasiva de otros y la paciencia con nuestro propio ritmo son los pilares para reaprender la autorregulación. La voluntad sigue siendo una herramienta valiosa, pero solo puede desplegarse cuando el sistema nervioso ha recuperado cierto sentido de seguridad.
Y, ¿por qué este proceso se da de esta manera? Porque así es como nuestro sistema necesitaba ser acompañado desde el inicio. A nivel neurobiológico, el cerebro de un niño no está desarrollado para autorregularse; necesita hacerlo en relación con otro, a través de la co-regulación.
Cuando ese apoyo no estuvo presente o, peor aún, cuando el entorno generó más carga en lugar de alivio, nuestras respuestas automáticas se fueron consolidando en el cuerpo como una forma de adaptación. Así, llegamos a la adultez con un sistema nervioso que, en muchos casos, sigue operando desde patrones de supervivencia.
Pero esto no significa que estemos condenados a repetirlos. Del mismo modo en que en algún momento dependimos de otro para aprender a regularnos, ahora podemos asumir esa función para nosotros mismos. Podemos comenzar a escucharnos, a sostener lo que sentimos sin juicio y a integrar nuestras experiencias con suavidad. Menos es más cuando se trata del sistema nervioso. No se trata de forzar un cambio abrupto, sino de encontrar seguridad en lo pequeño, en el simple hecho de tratarnos con amabilidad.
Por eso, este camino es la oportunidad de ofrecernos aquello que en su momento no pudimos recibir, de volver a nosotros con paciencia y de descubrir que sanar no es corregirnos, sino acompañarnos con amor. Como la flor de loto que florece desde el lodo, podemos transformar el dolor en aprendizaje y compasión. El trauma no nos define, pero su integración nos permite ver con más claridad, abrazar nuestra historia con el corazón...recuerda, un pasito a la vez.
Fuentes:
El error de Descartes – Antonio Damasio
El cuerpo lleva la cuenta – Bessel van der Kolk
Cómo curar el trauma – Peter Levine
Teoría Polivagal en terapia – Deb Dana y Stephen Porges
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