Imagina que tienes una fractura en la pierna y alguien te dice: “Si realmente quisieras, podrías correr una maratón. Solo necesitas visualizarlo y tener la voluntad suficiente”. Suena loco, ¿verdad? No es que no quieras, es que tu cuerpo necesita primero sanar, estabilizarse y recuperar su fuerza antes de poder correr.
Ahora imagina que tienes un ataque de asma y alguien te dice: "Respira bien, respira bonito". Pero tus pulmones están cerrados, tu sistema respiratorio no está listo para una respiración profunda. No es un problema de actitud, sino de capacidad en este momento.
Lo mismo sucede con el trauma. Cuando hemos pasado por experiencias difíciles—ya sean vínculos traumáticos o situaciones que nos han generado estrés crónico—nuestro sistema nervioso se adapta para protegernos. A veces se mantiene en alerta constante (hiperactivación), otras veces se congela y desconecta (colapso). Estas respuestas no son una elección consciente ni una falta de voluntad, son mecanismos automáticos de supervivencia.
Hay personas a las que libros como los de Joe Dispenza les sirven porque su sistema ya está en un estado donde pueden integrar ese tipo de prácticas. Pero para alguien con secuelas de trauma, que aún no ha encontrado seguridad en su cuerpo, leer que "todo está en tu mente" puede ser devastador. Puede reforzar la sensación de culpa, insuficiencia y vergüenza porque, por más que quiera, su sistema nervioso aún no está listo para ese nivel de cambio.
Es necesario comprender que el cuerpo y la mente tienen ritmos distintos, la mente puede entender que tienes una fractura y eso no quiere decir que por comprenderlo la pierna va a sanar espontáneanente. Y si, aveces es duro aceptar que hay cosas que nos han sucedido y que han dejado secuelas en nuestro cuerpo y en nuestra manera de responder al mundo. Uff! para algunos puede ser muy difícil (como mi caso), es todo un duelo.
Al ver que nuestro cuerpo no responde como esperamos, la mente lucha, nos exige más, nos compara con los demás, para que el cuerpo responda como la mente quiere, pero sin darnos cuenta de esta manera nos estamos autocastigando. Y al hacerlo, nos retraumatizamos, reforzamos la herida, nos desesperamos aún más. Sí, es todo un desafio aceptar que en este momento no podemos correr la maratón como quisiéramos, que hay un proceso de regulación previo, y a tu cuerpo le va a tomar tiempo.
Pero también es válido sentir fastidio, tristeza, frustración. No se trata de negar esas emociones, sino de acompañarlas sin juicio. Aceptar no significa resignarnos, sino permitirnos estar donde estamos sin presión....esa validación de tu dolor/frustración y permitirte sentirlo sin juicio es parte del proceso.
Peter Levine, experto en la sanación del trauma, creador de experiencia somática, nos dice que sanar no es solo procesar el trauma, sino encontrar recursos que nos regulen y nos devuelvan al centro.
Esto significa explorar:
✔ Qué actividades me hacen sentir bien (quizá moverte, respirar al aire libre, recibir un masaje, estar con alguien que te da calma).
✔ Qué situaciones me generan sensación de seguridad (un espacio tranquilo, un sonido relajante, una manta que me envuelve).
✔ Qué partes de mi cuerpo se sienten bien (quizá sientes estabilidad en los pies, calor en el pecho, apertura en la garganta).
Nuestro cuerpo gradualmente nos irá mostrando qué necesita. Y con el tiempo, las cosas mejoran. Pero primero, necesitamos un lenguaje más amable con nosotros mismos, prácticas que nos ayuden a encontrar seguridad antes de exigirnos cambiar.
Por eso, las prácticas compasivas son esenciales en este proceso. No es solo "sanar el trauma", sino aprender a escucharnos con ternura, aceptar nuestros tiempos, validar nuestras emociones y encontrar pequeñas sensaciones de bienestar en el presente.
🌿 Sanar es un proceso, no un destino. Y cada pequeño paso cuenta.
💛Inspirada en una conversación que tuve con una valiente mujer, compañia en este maravilloso camino de corregulación.
Gracias V.
🤗
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